—Eduardo —dijo ella, poniendo una mano en el brazo de su esposo para detenerlo. Luego miró a Nico—. Nico tenía razón en todo.
Vanessa, desde la primera fila de invitados, sintió que el mundo se cerraba a su alrededor. El plan había fallado, el auto no había salido. No habría accidente en la curva, no habría luto. Y lo peor de todo, el niño había hablado y era cuestión de tiempo para que investigaran y la acusaran. El pánico se apoderó de ella. Tenía que desviar la atención, tenía que destruir la credibilidad del niño antes de que alguien empezara a hacer preguntas más profundas.
—¡Es un truco! —gritó Vanessa, saliendo de entre la multitud con el rostro enrojecido por una indignación fingida—. Mírenlo, miren sus manos. —Vanessa señaló a Nico con un dedo acusador, su uña perfecta brillando como una garra—. ¿Cómo sabía él exactamente lo que pasaba? ¿Eh? —continuó Vanessa, girándose hacia los invitados para buscar apoyo—. ¿Cómo sabía que era una fuga lenta? ¿Cómo sabía términos técnicos como DOT 4? Ningún niño de la calle sabe eso.
La multitud comenzó a murmurar. La duda, esa semilla venenosa, empezó a germinar.
—¡Él lo hizo! —acusó Vanessa, avanzando hacia Nico como una depredadora—. Se coló en el garaje y lo saboteó él mismo. Por eso sabía dónde estaba la fuga. Lo hizo para venir aquí, hacerse el héroe y pedir una recompensa. Es un criminal, Eduardo. No le des dinero. Llama a la policía.
Nico se encogió contra Clara, aterrorizado. Las palabras de Vanessa eran como piedras.
—¡No! —gritó Nico llorando—. Yo no fui, yo solo escuché.
—¿A quién escuchaste? —preguntó Eduardo mirando al niño, ignorando los gritos de Vanessa.
—A ella. —Nico señaló a Vanessa. Su dedo pequeño y sucio apuntó directamente al corazón de la mentira—. La vi en el garaje. Estaba con un hombre de overol gris. Ella le pagó, le dio un sobre con dinero y le dijo que quería que tuvieran un accidente.
Un grito ahogado recorrió la multitud. Clara se llevó las manos a la boca, mirando a su prima con incredulidad. Vanessa soltó una carcajada nerviosa, aguda y estridente.
—¿Yo? Por favor. Esto es absurdo. Eduardo, Clara, soy su prima, soy su dama de honor. ¿Van a creerle a este… a este pequeño monstruo sucio antes que a su propia familia? Está mintiendo para salvarse. Seguramente el chofer lo vio merodeando y por eso inventa esta historia. Beto, tú estuviste aquí desde antes. Seguro lo viste merodeando sospechosamente. ¡Diles!
Beto levantó la vista, miró a Vanessa, miró la desesperación en los ojos de la mujer y luego miró a Nico, el niño que había intentado advertirle. El niño al que él había mojado con la manguera, el niño que a pesar de todo había regresado para salvarle la vida. Beto sintió una vergüenza tan profunda que le quemaba las entrañas. Había sido un arrogante, había sido un ciego, pero no era un asesino y no iba a dejar que un inocente pagara por su estupidez.
—El niño estuvo en el garaje. Sí —dijo Beto, con su voz ronca pero firme—. Pero él intentó decirme que había una fuga y yo lo eché.
—¡Porque él la causó! —chilló Vanessa.
—No lo creo —dijo Beto negando con la cabeza—. Él dijo que vio a un hombre y… y yo tengo cómo saber quién dice la verdad.
Todos los ojos se volvieron hacia el chofer.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Eduardo.
Beto caminó hacia el auto, abrió la puerta del conductor y señaló el espejo retrovisor interior. Era un espejo grande, panorámico, con una carcasa un poco más gruesa de lo normal.
—Soy… soy muy celoso con mi auto, señor —confesó Beto bajando la mirada—. No confío en los valets de los restaurantes ni en los mecánicos de otros talleres. Siempre temo que lo rayen o lo conduzcan sin permiso. Así que instalé esto. —Beto tocó un pequeño botón en el espejo—. Es una dashcam de seguridad de 360 grados. Tiene sensores de movimiento y sonido. Graba todo lo que pasa dentro y alrededor del auto. Las 24 horas, incluso si el motor está apagado. Se activa con la proximidad.
El color desapareció del rostro de Vanessa. Se puso tan pálida que parecía un cadáver con maquillaje.
—Si alguien se acercó al auto… —continuó Beto, sacando su teléfono móvil y abriendo una aplicación—. La cámara lo vio y lo grabó.
—No, eso es ilegal. No puedes… —balbuceó Vanessa, dando un paso atrás, tropezando con su propio vestido.
—Desbloquéalo —ordenó Eduardo, quitándole el teléfono a Beto.
Beto puso su huella. Eduardo navegó por la aplicación hasta las grabaciones de la última hora. Encontró el clip marcado: Movimiento detectado, cámara frontal y lateral 13:45 p. m. Eduardo le dio play y luego giró la pantalla del teléfono hacia los invitados, conectándolo rápidamente al sistema de sonido del jardín vía Bluetooth para que todos pudieran escuchar. La pantalla era pequeña, pero el audio era cristalino. Se escuchó el crujido de la grava y luego la voz inconfundible de Vanessa llenó el jardín silencioso.
—No me importa si se matan, de hecho sería poético. Clara siempre tuvo todo… Quiero que su estúpido cuento de hadas termine en sangre y metal retorcido.
En el video se veía claramente a Vanessa de perfil acariciando el auto mientras el hombre del overol se deslizaba debajo con la aguja. Se veía la entrega del sobre con dinero. Se veía su sonrisa maliciosa. El audio terminó con su despedida.
—Que disfrutes el viaje, primita.
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