—Entraron a mi casa. Están nerviosos. Quiero saberlo absolutamente todo sobre el testamento de los padres de Ramiro y cualquier otra persona que trabajara en esa casa.
A la mañana siguiente, Carlos llegó con información explosiva.
—Los padres de Ramiro murieron seis meses antes del crimen. El testamento original dividía todo a la mitad, pero apareció uno nuevo que le dejaba todo a Gonzalo. ¿Y sabes quién validó ese testamento falso antes de volverse fiscal? Aurelio Sánchez.
—Sara debió descubrirlo —murmuró Dolores.
—Exacto. Y hay algo más. Carmela me llamó del orfanato. Salomé grita en sus pesadillas pidiendo ayuda a un tal “Martín”. Revisé los registros. Martín Reyes era el jardinero de la casa. Desapareció sin dejar rastro una semana después del crimen. Su madre vive en San Jerónimo, a cuatro horas de aquí.
Dolores no lo pensó dos veces y condujo hasta el árido pueblo de San Jerónimo. Encontró la casa de Consuelo Reyes al final de un camino de terracería. La anciana, con el rostro curtido por el sol, la recibió con desconfianza, pero terminó entregándole una carta arrugada que su hijo le había enviado días antes de desaparecer.
“Mamá, si algo me pasa, quiero que sepas que vi algo terrible en la casa donde trabajo. Involucra a gente muy poderosa. Tengo pruebas guardadas en un lugar seguro”.
Dolores regresó a la ciudad sintiendo que el tiempo se le escurría entre las manos. Quedaban menos de cuarenta horas. Al llegar a su casa, encontró un sobre acolchado en su buzón. No tenía remitente.
Adentro había un dibujo hecho con crayones. Mostraba una casa, una mujer en el suelo con manchas rojas, y un hombre de pie junto a ella vistiendo una inconfundible camisa azul. Al reverso, un mensaje con letra de adulto: “Si aún hay tiempo, sigue buscando. La verdad está más cerca de lo que creen. – M.R.”
Martín Reyes estaba vivo. Y Salomé había dibujado el crimen. Gonzalo siempre vestía de azul; Ramiro jamás. Era la pieza que faltaba.
Esa misma noche, a menos de treinta horas de la ejecución, el teléfono de Dolores sonó. Era un número desconocido.
—¿Señora Medina? —la voz de un hombre temblaba—. Soy Martín Reyes. Sé que el tiempo se acaba. Van a ejecutar a un hombre inocente.
—¿Dónde está? ¡Necesitamos que testifique!
—Si salgo, me matan. Pero la noche que atacaron a Sara, yo estaba ahí. Vi algo que cambia todo. Sara Fuentes no murió esa noche, señora Medina. Yo la saqué de esa casa antes de que Gonzalo la rematara. Sara está viva y lleva cinco años esperando este momento.
El mundo de Dolores se detuvo.
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