—Váyase, o llamo a la policía en este instante —sentenció Carmela.
Gonzalo sonrió con cinismo.
—Volveré. Y cuando lo haga, nadie la va a proteger.
En la sala de visitas del penal, Dolores se sentó frente a Ramiro. Ya no era el hombre derrotado de los noticieros; en sus ojos ardía un fuego nuevo.
—Mi nombre es Dolores Medina. Quiero ayudarte, pero necesito que me digas qué pasó esa noche.
Ramiro tragó saliva, evaluando a la desconocida.
—Estaba destrozado. Había perdido mi trabajo en la carpintería. Bebí hasta perder el conocimiento en el sofá. No recuerdo nada hasta que desperté con las manos llenas de sangre y a Sara tirada en el piso. No vi a nadie.
Dolores se inclinó sobre la mesa.
—¿Qué te dijo Salomé en el oído?
Los ojos de Ramiro se llenaron de lágrimas.
—Mi hija lo vio todo. Tenía tres años y estaba escondida en el pasillo. Me dijo que alguien entró a la casa después de que me dormí. Alguien que ella conocía bien. Alguien de mi propia sangre. Fue Gonzalo.
Dolores llegó a su casa pasada la medianoche con la cabeza dándole vueltas. Al abrir la puerta, el corazón le dio un vuelco. Su sala estaba destrozada. Cajones volcados, papeles esparcidos, libros arrancados de los estantes. Caminó con cuidado hasta su escritorio. El expediente del caso estaba intacto, pero encima había una fotografía vieja de Sara Fuentes con una cruz roja pintada en el rostro con marcador.
Debajo, una nota: “Algunas verdades deben quedarse enterradas. Deje de investigar o terminará como ella”.
A sus 68 años, Dolores había enfrentado a cárteles y asesinos. Una amenaza barata no iba a detenerla. Levantó el teléfono y llamó a Carlos.
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