—Pero hubo un funeral… Un cuerpo.
—Aurelio Sánchez falsificó los registros dentales y usó el cuerpo de una mujer sin familia de la morgue —explicó Martín—. Venga a San Jerónimo mañana a primera hora. Le daré todas las pruebas.
Mientras tanto, en el Hogar Santa María, Gonzalo Fuentes había cumplido su amenaza. Esta vez no tocó la puerta; sus matones la echaron abajo.
Carmela, anticipando el peligro, ya había escondido a Salomé en un cuarto de seguridad.
—¿Dónde está la niña? —rugió Gonzalo, tomándola por el cuello.
—Váyase al infierno —escupió la anciana.
En ese instante, las sirenas de las patrullas inundaron la calle. Carmela había llamado a emergencias y las cámaras de seguridad del orfanato habían grabado todo el allanamiento y el intento de secuestro. Los policías irrumpieron con las armas desenfundadas.
Gonzalo fue sometido contra el suelo, gritando que él era un empresario intocable. Acababa de sepultar su propia libertad.
A la mañana siguiente, con el reloj en cuenta regresiva y menos de dieciocho horas para la ejecución, Dolores llegó a San Jerónimo. En la humilde casa de Consuelo, Martín abrió la puerta. Pero no estaba solo.
De la habitación trasera salió una mujer delgada, con mechones blancos prematuros, pero con la misma mirada de las fotografías del expediente. Sara Fuentes.
—Llevo cinco años viendo cómo mi esposo se pudre en la cárcel para proteger a mi hija —dijo Sara, con la voz rota—. Si Gonzalo sabía que yo estaba viva, las habría matado a ambas. No tenía el poder de Aurelio para defenderme.
—¿Qué pasó esa noche? —preguntó Dolores.
—Confronté a Gonzalo por el testamento falso. Discutimos. Ramiro estaba desmayado por el alcohol en la sala. Gonzalo me golpeó en la cocina y perdí el conocimiento. Martín me encontró tirada, mientras Gonzalo, en la sala, le ponía la pistola en las manos a Ramiro para incriminarlo.
Martín asintió.
—La saqué por la ventana y manejé sin parar.
—Pero tengo la prueba definitiva —dijo Sara, sacando un teléfono celular viejo—. La noche del ataque, activé la grabadora de voz en mi bolsillo.
Sara le dio “Play”. La voz fría de Gonzalo inundó la habitación: “¿Creías que podías amenazarme, Sara? Aurelio me dijo que te diera una oportunidad, pero eres un cabo suelto. Todo el dinero es para mí”. Se escuchó un golpe brutal y, segundos después, la voz de Gonzalo al teléfono: “Aurelio, está hecho. La niña vio todo desde el pasillo. Encárgate del marido. Si la mocosa habla, la desaparecemos también”.
Dolores se puso de pie, sintiendo que la sangre le hervía.
—Tenemos todo. Y sé exactamente a quién llevárselo.
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