Cerró los ojos.
Y en ese gesto hubo algo que me desordenó por dentro.
No era pudor.
No era simple incomodidad.
Era miedo.
Pero un miedo antiguo.
Aprendido.
Como el de alguien que sabe exactamente lo que viene cuando ciertas manos se acercan a su espalda.
Debí detenerme.
Lo pienso hasta hoy.
Debí haber dado un paso atrás y preguntado otra vez.
Debí haber obligado a ese silencio a romperse.
Pero el último botón ya estaba entre mis dedos.
Y un segundo después, se soltó.
La tela cedió.
Deslicé la camisa hacia abajo.
Y entonces lo vi.
Todo mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.
Se me helaron los brazos.
Se me cerró la garganta.
La respiración me quedó atrapada a medio camino.
Su espalda estaba marcada.
No con una o dos señales aisladas.
No con una cicatriz torpe de accidente.
Era un mapa entero de heridas viejas.
Líneas gruesas.
Hundidas.
Cruces de piel mal cerrada.
Zonas donde la carne parecía haber recordado durante años algo que nadie quiso nombrar.
No hacía falta ser médica.
No hacía falta saber demasiado.
Bastaba con mirar para entender una sola cosa:
eso no lo había dejado una enfermedad.
Eso se lo había hecho alguien.
Sentí que la voz de mi esposo me golpeaba otra vez dentro de la cabeza.
No entres.
No entres mucho.
No hace falta que hagas todo tú.
De pronto cada advertencia cambió de forma.
Ya no parecían frases de un hombre cansado.
Parecían cercos.
Parecían una muralla construida para que yo nunca llegara a ese instante.
Me acerqué un poco más.
No sé por qué.
Tal vez porque la mente se niega a aceptar ciertas verdades hasta que las mira de cerca.

Había marcas largas, casi paralelas.
Leave a Comment