Beto apretó el agarre dispuesto a lanzar a Nico sobre la grava.
—Esperen.
La voz fue clara y autoritaria. No vino de Eduardo, vino de Clara. La novia se soltó del abrazo de su esposo. No miró su vestido arruinado. Miraba los ojos de Nico. A pesar del terror, a pesar de la asfixia, los ojos del niño no buscaban robar, buscaban salvar. Clara era maestra. Llevaba años mirando a los ojos de niños que mentían y niños que decían la verdad, y sabía reconocer la diferencia. Ese niño estaba aterrorizado, pero no por él mismo.
—¡Suéltalo, Beto! —ordenó Clara, dando un paso adelante.
—Pero, señora —protestó el chofer.
—¡He dicho que lo sueltes! —gritó ella con una fuerza que nadie esperaba de la dulce maestra de escuela.
Beto, sorprendido, abrió la mano. Nico cayó al suelo de rodillas, tosiendo y frotándose el cuello. Clara hizo algo que provocó jadeos de horror entre las damas de la alta sociedad. Se arrodilló en la grava. Su vestido de miles de dólares se posó sobre la tierra y las piedras sin que a ella le importara en lo más mínimo. Se puso a la altura del niño sucio, ignorando a Vanessa que le gritaba.
—¡Clara, no lo toques, tiene gérmenes!
Clara puso sus manos limpias sobre los hombros temblorosos de Nico.
—Respira —le dijo suavemente—. Ya nadie te va a hacer daño. Dime tu nombre.
—Nico —susurró él temblando.
—Muy bien, Nico. Soy Clara. Ahora mírame. —Clara ignoró el caos a su alrededor—. ¿Por qué hiciste esto? ¿Por qué dices que no subamos?
Nico levantó la vista, vio la bondad en el rostro de Clara y sintió que se le rompía el corazón por el peligro que corría.
—Porque van a morir —dijo Nico, y su sinceridad golpeó a Clara como un puñetazo—. El auto está sangrando.
—¿Sangrando? —intervino Eduardo acercándose. Su tono era escéptico, pero la palabra le llamó la atención.
—Líquido de frenos —dijo Nico, girándose hacia el novio. Sabía que Eduardo coleccionaba autos. Tenía que hablar su idioma—. Es DOT 4, huele dulce, como a fruta podrida y alcohol. Estaba goteando detrás de la rueda izquierda delantera.
Beto soltó una risa nerviosa y cruel.
—Por favor, señor Eduardo. Este niño ya me vino con ese cuento en el garaje. Le dije que era condensación del aire acondicionado. Esa agua solo quiere sacar dinero inventando fallas.
—¡No es agua! —insistió Nico, poniéndose de pie y señalando al chofer con un dedo acusador—. El agua no es aceitosa. El agua se evapora. Eso era glicol. Y escuché el sonido. Csss, csss, csss, como una serpiente. No cortaron el cable, señor, lo picaron.
Eduardo frunció el ceño. La descripción era demasiado técnica. Un niño de la calle podía decir “cortaron los frenos”. Pero hablar de glicol, de una picadura en lugar de un corte, de la diferencia entre agua y líquido hidráulico…
—¿Lo picaron? —preguntó Eduardo, agachándose también, ignorando las protestas de Vanessa que tiraba de su manga.
—Sí —dijo Nico hablando rápido, sabiendo que tenía pocos segundos antes de que lo echaran de nuevo—. Es una fuga lenta. El pedal se siente bien ahora, ¿verdad? —Miró a Beto.
Beto cruzó los brazos arrogante.
—El pedal está firme como una roca. Frené perfecto aquí mismo.
—¡El auto está impecable porque todavía tiene presión! —gritó Nico frustrado—. Pero cada vez que frena, escupe un poco, gota a gota. Si salen a la carretera en la primera bajada, cuando el líquido se acabe, entrará aire y entonces el pedal se irá al suelo y no pararán.
—Señor, de verdad, esto es una pérdida de tiempo. A este paso perderán el vuelo —insistió Beto.
—He dicho que esperes. —Eduardo se acercó al Rolls-Royce. No miró debajo, miró al chofer—. Dices que el pedal está firme como una roca.
—Sí, señor.
—Y tú —Eduardo miró a Nico—. Dices que es una fuga lenta y que perderá presión si se usa.
—Sí, señor —dijo Nico, temblando pero firme—. Si lo pisa fuerte y lo mantiene, se hundirá.
Eduardo asintió lentamente. Se volvió hacia Beto. Sus ojos grises que habían visto cerrar tratos millonarios se clavaron en el chofer con una intensidad que hizo que Beto tragara saliva.
—Muy bien. Vamos a salir de dudas ahora mismo. No vamos a mirar debajo del auto. No nos vamos a ensuciar más. —Eduardo señaló la puerta abierta del conductor—. Sube, Beto.
—¿Señor?
—Sube al auto, enciéndelo y haz lo que dice el niño.
Beto palideció ligeramente.
—Pero, señor, el motor, gastar combustible…
—Haz la prueba de presión —ordenó Eduardo. Y esta vez fue una orden, no una petición—. Pisa el freno a fondo con todas tus fuerzas y mantenlo ahí. Cuenta hasta 10. Si al llegar a 10 el pedal sigue arriba, significa que era una mentira. Le daré 10 dólares al niño y lo mandaré a su casa. Nosotros nos iremos al instante.
Vanessa intentó hablar, pero Eduardo la calló con un gesto.
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