La segunda cosa es un montón de cartas amarradas con un mecate dentro de una caja de zapatos. Son de Miguel. Empezaron a llegar poco después de que él se fue del pueblo, una cada mes, a veces 2, después cada vez menos, y un día simplemente dejaron de llegar. Rosa nunca tiró ninguna. Las guarda en esa caja como si dentro de cada sobre su hijo todavía estuviera respirando, todavía estuviera diciendo algo que ella necesita escuchar.
Tomás sabe que su madre se fue. Sabe que su padre desapareció. Conoce los bordes de la historia, las partes que se notan desde afuera: la ausencia, el silencio, la silla vacía en la mesa donde solo caben 2. Pero nunca ha preguntado los detalles, nunca ha querido abrir esa puerta, y Rosa nunca la ha ofrecido.
En esa casa el pasado se guarda igual que las cartas, amarrado en silencio, al fondo de una gaveta que nadie abre.
Pero hay cosas que no necesitan que alguien las abra. A veces se abren solas.
Todo hubiera seguido igual. Las mañanas, los tamales, el camino a la plaza, la escuela, las tardes en silencio. Todo hubiera seguido como llevaba 17 años siguiendo. Pero 2 cosas pasaron casi al mismo tiempo, y ninguna de las 2 pidió permiso.
La primera fue el cuerpo de Rosa.
Una mañana, mientras cargaba las ollas de tamales camino a la plaza, doña Rosa se detuvo a mitad de la calle. No dijo nada. Solo puso la mano en la pared de una casa ajena, cerró los ojos y esperó. El mundo le daba vueltas como si alguien hubiera movido el piso debajo de sus pies. Se quedó así unos segundos, con la olla apoyada en la cadera y los ojos cerrados, respirando despacio hasta que todo dejó de girar.
No era la primera vez. Llevaba semanas sintiéndolo, pero nunca lo había dicho. No era una enfermedad, era algo peor, porque no tenía nombre. Era el peso acumulado de 17 años cargando todo sola. Los tamales, las ollas, la ropa ajena, la casa, el niño, el silencio. Todo eso pesa, y el cuerpo, tarde o temprano, pasa la cuenta.
Doña Lupe la vio desde la esquina. Lupe era la única persona en todo San Juan de las Colchas que sabía la historia completa. No la versión que se cuenta en voz baja, sino la verdadera, la que incluye nombres, fechas y verdades que Rosa nunca le contó a nadie más.
Se acercó rápido y la sostuvo del brazo.
—Ya, Rosa, ya estuvo bueno. Tienes que descansar.
Rosa abrió los ojos y se soltó con suavidad, como quien no quiere ofender, pero tampoco quiere que le digan lo que ya sabe.
—No puedo, Lupe. Tomás necesita sus libros para la escuela. Los tamales no se hacen solos.
Lupe no insistió. Conocía a Rosa desde hacía más de 40 años y sabía que discutir con ella era como discutir con la pared de adobe de su casa. No se mueve, no responde y al final sigue exactamente donde estaba.
La segunda cosa que pasó fue culpa de un papel.
Tomás necesitaba su acta de nacimiento para un trámite de la escuela. Rosa no estaba, ya se había ido a la plaza con las ollas. Así que Tomás entró al cuarto de su abuela a buscar entre los documentos que ella guardaba en la gaveta. Movió unas telas viejas, un sobre con recibos, una bolsa con monedas. No encontró el acta.
Pero encontró algo más.
La foto estaba doblada a la mitad como siempre, pero esta vez Tomás la abrió completa. Del lado izquierdo estaba su padre, Miguel, joven, sonriendo, con el bigote oscuro y los ojos oscuros. Del lado derecho, sosteniendo a un bebé envuelto en una cobija blanca, había una mujer que Tomás nunca había visto. Tenía el pelo largo y oscuro, los labios apretados en algo que intentaba ser una sonrisa y unos ojos que miraban a la cámara como si quisieran estar en otro lugar.
Tomás se quedó quieto. Era la primera vez en su vida que veía el rostro de su madre. No sintió rabia, no sintió tristeza. Sintió algo más raro, como si una pieza que siempre faltó en su cabeza de repente apareciera, pero no encajara del todo.
Iba a guardarla cuando algo más le llamó la atención. Al lado de la foto, dentro de la misma gaveta, había una caja de zapatos vieja. La abrió. Adentro estaban las cartas amarradas con el mismo mecate de siempre, pero esta vez Tomás no las dejó donde estaban.
Desató el nudo y abrió la primera. La letra era de su padre, temblorosa, apretada, como si cada palabra le hubiera costado trabajo.
“Mamá, cuida al niño. Yo no puedo estar ahí, perdóname.”
Abrió otra. El mismo tono, las mismas palabras rotas de un hombre que no sabía cómo explicar lo que sentía.
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