En San Juan de las Colchas, un pueblo tan pequeño que ni siquiera aparece en la mayoría de los mapas, el día empieza antes de que salga el sol. Y en esa casa de adobe, al final de una calle de tierra donde el viento siempre levanta polvo, el día empieza todavía más temprano.
Doña Rosa tiene 72 años. Se levanta a las 4 de la mañana como lo ha hecho cada día desde que recuerda. Primero enciende la estufa de leña, después calienta el agua. Después empieza a preparar la masa para los tamales que vende cada mañana en la plaza del pueblo.
Sus manos se mueven solas. Llevan tantos años haciendo lo mismo que ya no necesitan que nadie las guíe. Se han vuelto parte de la masa, parte de la hoja de maíz, parte de esa cocina vieja donde el humo se cuela entre las grietas de las paredes y ya no encuentra por dónde salir.
Tomás tiene 17 años. Duerme en un cuarto pequeño al lado del de su abuela, separado apenas por una cortina que alguna vez tuvo color. Cada mañana, cuando escucha el ruido de la leña en la estufa, se levanta sin que nadie se lo pida. Se lava la cara con agua fría de un balde, se pone las botas gastadas y sale a ayudarla.
Carga las ollas grandes hasta la plaza, acomoda el puesto bajo el mismo árbol de siempre y se queda con ella hasta que llegan los primeros clientes. Después se va a la escuela. Cuando vuelve por la tarde, arregla lo que haya que arreglar. Una puerta que no cierra bien, una gotera que lleva semanas cayendo, el cerco del patio donde Rosa cuida unas matas de maíz como si fueran lo más valioso que tiene.
Al final del día, los dos se sientan afuera de la casa. Rosa reza en silencio con el rosario entre los dedos. Tomás mira el cielo y no dice nada. No necesitan hablar mucho, nunca han necesitado.
En el pueblo todos conocen la historia de esa casa. O al menos la versión que se cuenta en voz baja cuando doña Rosa no anda cerca: que su nuera se fue con un gringo cuando el niño todavía no caminaba, que Miguel, el único hijo de Rosa, no soportó el golpe y una mañana salió del pueblo sin decir a dónde iba, que doña Rosa se quedó sola con un bebé que no había cumplido ni un año, que nunca pidió ayuda, que nunca se quejó, que sacó adelante a ese niño vendiendo tamales en la plaza, lavando ropa ajena los fines de semana, remendando vestidos por unas monedas y haciendo lo que fuera necesario para que a Tomás nunca le faltara un plato de comida.
Nadie en San Juan de las Colchas recuerda haberla visto llorar ni una sola vez.
Pero hay algo que todos ven y nadie dice en voz alta. Tomás tiene los ojos claros. No como los de Rosa, que son oscuros como la tierra mojada del pueblo. No como los de Miguel, que en las fotos viejas colgadas en la pared se ven igual de oscuros. Los ojos de Tomás no pertenecen a nadie de esa familia.
Algunas vecinas lo comentan entre ellas cuando lo ven pasar por la calle. Un murmullo rápido que se apaga en cuanto él voltea. Pero nadie le ha dicho nada. Y Rosa, cada vez que alguien le pregunta de dónde sacó esos ojos el muchacho, cambia de tema como si no hubiera escuchado.
En el cuarto de doña Rosa, dentro de una gaveta que ella mantiene cerrada con un listón viejo, hay dos cosas que Tomás jamás ha tocado.
La primera es una fotografía doblada a la mitad. De un lado se ve a Miguel, joven, con bigote, sonriendo como un hombre que cree que la vida va a ser buena con él. Del otro lado, sosteniendo a un bebé recién nacido, hay una mujer joven de pelo oscuro y largo que mira a la cámara con una sonrisa rara, más de alivio que de alegría. La foto tiene una marca profunda en el centro, como si alguien hubiera querido separar a esas dos personas para siempre.
Leave a Comment