—Necesito que detengan todo. Tenemos un problema. Hay nueva evidencia potencial y necesito una suspensión de setenta y dos horas.
—¿Estás loco? —gritó el fiscal al otro lado de la línea—. El caso está cerrado. El procedimiento está listo.
—Una niña de ocho años le acaba de decir algo a su padre que lo transformó por completo. Necesito saber qué fue. Si no detienes esto, la sangre de un inocente estará en nuestras manos.
Hubo un silencio pesado.
—Tienes setenta y dos horas —concedió el fiscal—. Ni un minuto más. Y si esto es una farsa, despídete de tu carrera.
A doscientos kilómetros del penal, Dolores Medina cenaba sola frente al televisor. Había sido una de las abogadas penalistas más implacables del país hasta que un infarto la obligó a retirarse. Ahora sus días se consumían entre pastillas y el recuerdo de los casos que le quitaron el sueño.
El noticiero nocturno interrumpió su monotonía: “Escenas dramáticas en la penitenciaría central. Un reo condenado hace cinco años por el asesinato de su esposa, Sara Fuentes, pidió ver a su hija. Lo que la menor le susurró al oído obligó a suspender la ejecución.”
Dolores soltó el tenedor. En la pantalla apareció el rostro de Ramiro Fuentes. Ella conocía esa mirada. Hace treinta años, un hombre con la misma desesperación había sido condenado por un crimen que no cometió. Dolores, entonces una abogada novata, no pudo salvarlo. Aquel hombre perdió su vida entera en prisión antes de que se descubriera la verdad.
Ignorando las advertencias de su cardiólogo, Dolores tomó el teléfono y llamó a Carlos, su antiguo investigador.
—Necesito que me consigas todo el expediente del caso Fuentes. Todo. Esta vez no voy a fallar.
A la mañana siguiente, Dolores se presentó en el Hogar Santa María, un orfanato a las afueras de la ciudad. Carmela Vega, la directora, la recibió con desconfianza en su oficina.
—No sé qué pretende, licenciada. La niña está bajo protección del Estado.
—Solo quiero saber sobre Salomé. Cómo llegó aquí. Mi intención es evitar que el Estado mate a su padre si es inocente.
Carmela evaluó a la mujer mayor y suspiró.
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