Tres horas después, una camioneta blanca se estacionó frente a la prisión. De ella bajó una trabajadora social sosteniendo de la mano a una niña rubia, de ojos enormes y expresión inquebrantable. A sus ocho años, Salomé Fuentes cargaba el peso de alguien que ha visto demasiado. Caminó por el frío pasillo de máxima seguridad sin derramar una lágrima, sin un solo temblor. Al verla pasar, los reos enmudecieron; había en ella un aura que imponía un respeto inexplicable.
En la sala de visitas, Ramiro estaba esposado a la mesa, vestido con el desgastado uniforme naranja y una barba de meses. Al ver entrar a su hija después de tres años de encierro, se quebró.
—Mi niña… —susurró con la voz rota—. Mi pequeña Salomé.
Lo que sucedió a continuación lo cambiaría todo. Salomé se soltó de la trabajadora social y caminó despacio hacia su padre. No corrió ni gritó. Cada paso estaba medido, como si hubiera ensayado el momento mil veces en su mente. Ramiro extendió sus manos esposadas y la niña se fundió en su pecho. Durante un minuto entero, el silencio reinó en la sala.
Entonces, Salomé se acercó al oído de su padre y susurró algo.
Nadie más escuchó las palabras, pero todos presenciaron la onda expansiva. Ramiro palideció de golpe. Su cuerpo comenzó a temblar violentamente y las lágrimas silenciosas se transformaron en sollozos que le sacudían el pecho. Miró a su hija con una mezcla de horror y una chispa de esperanza que los guardias jamás olvidarían.
—¿Es verdad? —preguntó, aferrándose a los barrotes de la silla—. ¿Es verdad lo que me dices?
La pequeña asintió. Ramiro se puso de pie con tanta fuerza que la silla metálica se volcó. Los guardias se abalanzaron sobre él, pero no intentaba escapar. Gritaba, con un fuego que no había mostrado en un lustro.
—¡Soy inocente! ¡Siempre se los dije! ¡Ahora puedo probarlo!
Mientras los custodios intentaban separar a la niña, ella se aferró al cuello de su padre con una fuerza impropia de su edad.
—Ya es hora de que sepan la verdad —dijo Salomé con voz clara y firme—. Ya es hora.
El coronel Méndez, que observaba desde el cristal blindado, sintió que su instinto se encendía. Levantó el teléfono y marcó al fiscal general.
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