IBA A SER EJECUTADO POR ASESINAR A SU ESPOSA, HASTA QUE DESCUBRIERON LO IMPENSABLE: ¡ELLA ESTABA VIVA!

IBA A SER EJECUTADO POR ASESINAR A SU ESPOSA, HASTA QUE DESCUBRIERON LO IMPENSABLE: ¡ELLA ESTABA VIVA!

El reloj de la pared marcaba las seis de la mañana cuando los guardias abrieron la celda de Ramiro Fuentes. Llevaba cinco años esperando este día, cinco años de gritar su inocencia a paredes de concreto que nunca le respondieron. Ahora, a pocas horas de enfrentar la sentencia final, solo le quedaba una última petición.

—Quiero ver a mi hija —dijo con voz ronca, arrastrando las cadenas—. Solo eso pido. Déjenme ver a Salomé antes de que todo termine.

El guardia más joven bajó la mirada con lástima. El mayor, en cambio, escupió al suelo.

La petición llegó hasta el director del penal, el coronel Méndez. Era un hombre curtido que había visto desfilar a cientos de condenados hacia su final. Sin embargo, el expediente de Ramiro siempre le había causado ruido. Las pruebas eran sólidas: huellas en el arma, ropa manchada, un testigo ocular. Pero los ojos de Ramiro no eran los de un asesino. En treinta años de carrera, Méndez había aprendido a leer esa mirada.

—Que traigan a la niña —ordenó.

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