Beto frunció el ceño. Se inclinó ligeramente, pero no para tocar el líquido. No quería ensuciar sus guantes blancos, solo se acercó lo suficiente para mirar.
—Humedad —masculló Beto, enderezándose de inmediato con un gesto de fastidio—. Debe ser el aire acondicionado que sudó un poco, nada que un trapo no arregle.
Nico sintió ganas de gritar. ¿Aire acondicionado? ¿Agua? El agua no brillaba así. El agua no tenía esa viscosidad. Estaba tan convencido de la perfección del auto y de su propio mantenimiento impecable, que su cerebro se negaba a procesar la realidad de una falla mecánica.
Nico no pudo soportarlo más. La imagen del auto volando por el acantilado, con Clara gritando dentro, llenó su mente. El miedo a ser descubierto fue reemplazado por un terror mucho mayor. El terror de ser cómplice por silencio.
—¡No es agua! —El grito salió de su garganta rasposa antes de que pudiera detenerlo.
Beto dio un salto, perdiendo su compostura por un segundo. Se giró violentamente hacia la pila de cajas con los ojos desorbitados.
—¿Quién anda ahí? —bramó, con su voz perdiendo toda la suavidad profesional—. Sal ahora mismo.
Nico salió de su escondite, se puso de pie, pequeño y tembloroso, con sus manos negras de grasa apretadas a los costados y su ropa manchada de hollín y aceite viejo. Parecía una mancha de suciedad que había cobrado vida en medio de ese garaje inmaculado. Beto lo miró y su expresión pasó de la sorpresa al asco absoluto en un segundo. Arrugó la nariz como si acabara de pisar excremento.
—¿Pero qué? —Beto dio un paso adelante, agitando los brazos como si espantara una mosca—. ¿Qué haces aquí, niño mugroso? ¿Cómo entraste? Seguridad…
—Señor, escúcheme —suplicó Nico, dando un paso valiente hacia el gigante de uniforme azul—. El auto, no es agua lo que goteaba, lo vi. Un hombre se metió debajo. Es glicol. Es líquido de frenos DOT 4. Si lo toca, verá que es aceitoso.
—¡Cállate! —Beto le cortó el paso, interponiendo su cuerpo voluminoso entre el niño y el auto—. No sé cómo te colaste, rata de alcantarilla, pero vas a salir de aquí ahora mismo antes de que llame a la policía para que te arrastren.
Beto se puso rojo de ira. La sola idea de que este niño callejero le estuviera dando lecciones sobre su auto, y peor aún, sugiriendo que él, el gran Beto, no había notado un sabotaje, era un insulto intolerable. Caminó hacia la pared donde estaba enrollada una manguera de jardín verde. Abrió el grifo.
—Te dije que te largaras —gritó Beto apuntando la boquilla hacia Nico.
El chorro de agua fría golpeó a Nico en el pecho con fuerza, empapándolo al instante, haciendo que el aceite viejo de su ropa se escurriera por sus piernas. Nico jadeó por el impacto helado, retrocediendo y tropezando con sus propios pies.
—¡Fuera! Vuelve a tu basurero y deja de ensuciar mi vista. Si te veo cerca de este auto otra vez, te juro que te paso por encima.
Nico corrió, no tuvo opción. Empapado, humillado y tiritando, salió disparado por la puerta de servicio, huyendo del chorro de agua y de la ira del chofer ciego. Se detuvo jadeando detrás de los setos de bugambilias, fuera de la vista del garaje. Se abrazó a sí mismo, el agua fría mezclándose con sus lágrimas calientes.
Pero entonces, a través de los arbustos, vio la terraza de la mansión. Vio a la gente, cientos de invitados vestidos con trajes de lino y vestidos de seda, riendo, bebiendo champán, celebrando el amor. Y en el centro de todo, aunque no podía verla, sabía que estaba Clara. La novia, que iba a subir a un auto sin frenos en menos de una hora junto con su esposo. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano mojada. No podía irse. Si Beto no escuchaba, alguien más tendría que hacerlo.
Se escabulló por el jardín lateral, evitando a los camareros que pasaban con bandejas de canapés. La música se hacía más fuerte. El Danubio Azul sonaba majestuoso. Nico emergió cerca de una fuente de chocolate, un intruso en el paraíso. La gente lo miraba, pero no lo veían, o mejor dicho, lo veían y apartaban la mirada al instante, como si fuera algo desagradable que arruinaba la estética del evento.
—Disculpe, señor. —Nico tiró de la manga de un hombre con esmoquin gris—. Por favor, necesito hablar con el novio.
El hombre sacudió el brazo con asco, derramando un poco de su bebida.
—Oye, cuidado. ¿De dónde salió este niño?
Nico lo intentó con una mujer que llevaba un sombrero enorme.
—Señora, el auto de la novia, tienen que detenerlo.
La mujer dio un paso atrás, cubriéndose la nariz con un pañuelo perfumado.
—Qué horror. Huele a gasolina. ¿Dónde está la seguridad? Alguien dejó entrar a un mendigo.
Nadie escuchaba sus palabras, solo veían su ropa, solo olían su pobreza. Para ellos, él no era un mensajero de vida o muerte. Era una molestia, un intruso. Nico sintió que la desesperación lo ahogaba; era invisible. Estaba gritando en una habitación insonorizada.
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