Sus pasos lo llevaron instintivamente hacia el norte, alejándose de las calles polvorientas y las casas de techo de lámina, subiendo hacia la colina donde el aire era más limpio y las rejas eran doradas. Hoy era un día especial en la ciudad, un día que incluso en la miseria del taller se había escuchado mencionar: la boda del siglo. Eduardo Castillo, el heredero de las Industrias Castillo. Un hombre conocido tanto por su inmensa fortuna como por su obsesiva colección de autos clásicos, se casaba con Clara, una maestra de escuela primaria que había conquistado su corazón. Se decía que Clara era un ángel, que había invitado a medio pueblo y que habría comida de sobra.
Nico no buscaba fiesta, buscaba una oportunidad. Tal vez lavar platos, tal vez ayudar a estacionar, tal vez solo las sobras que tiraran a la basura; cualquier cosa que pudiera convertirse en antibióticos.
Al llegar a los muros traseros de la mansión Castillo, el sonido de violines y risas flotaba en el aire como un perfume caro. Nico conocía un hueco en la cerca de servicio, oculto detrás de unos setos de bugambilias, por donde solía colarse para ver los autos de Eduardo cuando los sacaban a lavar. Se deslizó por la abertura, raspándose el brazo, pero no le importó. Avanzó agazapado, moviéndose entre las sombras de los jardines perfectamente cuidados, sintiéndose como un intruso en el paraíso.
Llegó a la zona del garaje principal, una estructura que era más grande y lujosa que todo el barrio de Nico junto, y allí, aparcada bajo la sombra de un inmenso roble, estaba la joya de la corona. El Rolls-Royce Phantom clásico. Nico se quedó sin aliento. Lo había visto en revistas viejas que su padre guardaba, pero en persona era una criatura de otro mundo. Pintado en un tono plata y negro que parecía beberse la luz del sol, con cromados que brillaban como espejos líquidos. Era una máquina de elegancia pura, un rey entre los automóviles. Iba adornado con cintas blancas de seda y flores frescas en las manijas. Era el carruaje que llevaría a los novios a su nueva vida.
Nico se olvidó por un segundo de su padre, del hambre y del miedo. Solo existía la admiración pura del mecánico. Quería acercarse, tocar el metal frío, ver el motor, que seguramente era una obra de arte. Pero el sonido de grava crujiendo bajo zapatos caros lo sacó de su trance. Se lanzó detrás de una pila de cajas de suministros del catering, encogiéndose hasta hacerse una bola pequeña y sucia.
Dos personas entraron en su campo de visión, caminando hacia el garaje. Nico espió por una rendija entre las cajas. La primera era una mujer. Llevaba un vestido de dama de honor color lavanda, que se ajustaba a su figura como una segunda piel. Era hermosa, de una manera fría y afilada, como un diamante cortado para herir. Nico la reconoció de las fotos en los periódicos: Vanessa, la prima de la novia. En las fotos siempre salía sonriendo abrazada a Clara. Pero la mujer que Nico veía ahora no sonreía. Su rostro estaba contorsionado en una mueca de odio tan puro y visceral que a Nico le recorrió un escalofrío por la espalda.
A su lado caminaba un hombre que no encajaba en la boda. Llevaba un overol gris genérico, como los del personal de limpieza. Pero sus manos… Nico miró sus manos. Tenían callos y manchas de aceite. Eran manos de mecánico, pero no de uno bueno. Eran manos toscas.
—¿Estás seguro de que nadie te vio entrar? —preguntó Vanessa, su voz un susurro sibilante cargado de veneno.
—Nadie, señorita. El personal está ocupado con el banquete —respondió el hombre, sacando un trapo sucio de su bolsillo—. Pero sigo diciendo que esto es arriesgado.
—Si llegan a fallecer, no me importa si se matan —interrumpió Vanessa, y la violencia en su voz hizo que Nico se encogiera aún más—. De hecho, sería poético. Clara siempre tuvo todo, ¿sabes? Desde niñas, la muñeca más bonita, las mejores calificaciones, la adoración de la abuela. Y ahora, ahora se queda con Eduardo. Se queda con la fortuna que debería haber sido para alguien que realmente sabe cómo usarla. Alguien de su propia clase social, no una maestrita puritana que juega a ser santa.
Vanessa caminó alrededor del Rolls-Royce, pasando sus dedos con uñas perfectamente manicuradas sobre el capó, pero no con admiración, sino con posesión y desprecio.
—Siempre me gustó este auto —murmuró Vanessa, mirando su reflejo distorsionado en el cromo—. Eduardo me llevó una vez en él antes. Yo lo conocí antes que ella. Debía ser yo quien se case hoy. Ese idiota también piensa que ella es mejor que yo.
Vanessa terminó de decir esas palabras con odio, pero luego sonrió maliciosamente.
—¿Sabes? Me dijo que este vehículo era seguro, sólido, irrompible. Quiero que se trague sus palabras. —Se volvió hacia el hombre del overol, con sus ojos brillando con malicia—. No quiero que lleguen al aeropuerto. Quiero que el viaje termine antes de empezar. Quiero que su estúpido cuento de hadas termine en sangre y metal retorcido. Hazlo.
El hombre asintió tragando saliva. Parecía nervioso, pero la codicia en sus ojos era más fuerte que su miedo. Sacó algo de su bolsillo. Era una aguja, una aguja industrial larga y fina, montada en un mango de madera. Nico, desde su escondite, frunció el ceño. Su mente de mecánico empezó a procesar lo que veía a una velocidad vertiginosa. ¿Qué podía hacer con una aguja en un auto blindado como ese?
El hombre se tiró al suelo y se deslizó debajo del Rolls-Royce, justo detrás de la rueda delantera izquierda. Nico aguzó el oído, cerró los ojos tal como le había enseñado su padre. Bloqueó el sonido de los violines, el viento en las hojas, su propia respiración acelerada. Se convirtió en una oreja gigante enfocada en el vientre del auto. Escuchó el roce de la tela del hombre contra el asfalto. Escuchó un gruñido de esfuerzo y luego lo escuchó.
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