Los abrazó con una fuerza que parecía querer recuperar los veinte años perdidos.
Los vecinos comenzaron a salir de sus casas.
—Ya estamos en casa, mamá —dijo Paolo.
Y esta vez… no era una promesa.
Al día siguiente la llevaron al Aeropuerto Internacional Benito Juárez.
Teresa caminaba lentamente, mirando todo con asombro.
—¿De verdad voy a subir? —preguntó nerviosa.
—No solo vas a subir —respondió Marco—. Hoy eres nuestra invitada de honor.
Minutos después estaba sentada en un avión de verdad.
Un avión enorme.
El avión que sus hijos pilotarían.
Antes del despegue, Marco tomó el micrófono de la cabina.
—Señoras y señores pasajeros —dijo—, hoy tenemos a bordo a la mujer que hizo posible que estemos aquí.
El avión quedó en silencio.
Paolo continuó:
—Nuestra madre vendió todo lo que tenía para que pudiéramos estudiar aviación.
Los pasajeros comenzaron a aplaudir.
Algunos lloraban.
Teresa temblaba de emoción.
Cuando el avión despegó y las ruedas dejaron el suelo, cerró los ojos.
—Estoy volando… —susurró.
Pero sus hijos todavía no le habían revelado el verdadero motivo del viaje.
Porque cuando ese avión aterrizara…
Doña Teresa descubriría algo que jamás imaginó en toda su vida.
Algo que sus hijos habían preparado durante años.
El vuelo duró poco más de una hora.
Para los pasajeros era un viaje normal.
Para Teresa… era el momento más extraordinario de su vida.
No dejaba de mirar por la ventanilla.
Las nubes parecían montañas de algodón.
El cielo era infinito.
Cuando el avión comenzó a descender, Teresa miró a la azafata.
—¿A dónde llegamos?
La mujer sonrió.
—Ya casi lo verá.
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